Tanto en lo que respecta al vivir como al morir, lo único que hace la diferencia es Cristo. Tener a Cristo o no tenerlo. Pese a la gran variedad de factores que hacen diferente el vivir en la tierra, el relacionarse entre las personas, sus características, cultura, raza o clase, todos los seres humanos tienen el mismo rasgo esencial: todos están en igualdad de condiciones delante de Dios: todos están destituidos de su gloria, enemistados con él, alejados de él para siempre por sus pecados. La historia del hombre comienza a cambiar sólo cuando halla a Cristo, o cuando es hallado por él. El gran salto en la vida no es obtener un título universitario, ni recibir una gran herencia. No es contraer feliz matrimonio, ni tener muchos hijos. Aunque estas cosas forman parte del vivir dichoso en la tierra, no son el punto que hace la gran diferencia entre los hombres a la hora de vivir y de morir. Sólo Cristo hace la diferencia. Sin Cristo, una vida vivida al tope de la grandeza humana, es una miseria. Podrá tener visos dorados, y una apariencia gloriosa, Sin embargo, es toda desazón y sobresalto. Sin Cristo, una vida puede alzarse a las mayores alturas de la fama, de las riquezas, y de la honra, sin embargo es sólo un largo alarido entre dos silencios, una llamarada de ilusión entre dos abismos. Sin Cristo, la muerte es aún más dramática. Es pasar del alarido al fuego, y de la ilusión al horror. Una persona que muere sin Cristo está desnuda, porque no tiene nada con qué presentarse a Dios. Es pobre porque no tiene ninguna riqueza con qué enfrentar los siglos venideros. Es desdichada, pues no tiene ninguna perspectiva de gozo futuro. Toda la vida de vanidad, de todo el juego de apariencias que conforma la vida social, acaba con el postrer suspiro. Nada de lo que se estimó hasta ahora como sublime, soporta la mirada escrutadora de Dios. Todo es miseria, desnudez, y espanto. Sin embargo, cuán diferente es ser de Cristo a la hora de vivir. Aunque no sea lo que pudiera llamarse 'un camino de rosas', todo es diferente. Las riquezas no envanecen; la pobreza no duele. Los pequeños bienes otorgados por Dios son un tesoro mayor; las pequeñas dichas humanas, llenan el corazón de felicidad. La razón de este 'plus' es la presencia de Cristo. Su precioso Espíritu endulza las penas, y hace soportable el rigor de la vida. Su compañía permanente concede la fuerza, enjuga las lágrimas, y su paz, que excede todo entendimiento, pone la nota dulce en todas las tormentas. ¿Qué diremos del 'morir en Cristo'? Toda la luz del cielo destella para que el que parte; toda la consolación del cielo se despliega para los que quedan. El capítulo más triste de la historia de cierra (porque la vida humana, comparada con la celestial, es sólo un 'valle de lágrimas'), y comienza una nueva, mucho más dichosa. La verdadera vida, la vida eterna, sin trazas de debilidad y deshonra, comienza a ser vivida de verdad. Morir en Cristo es la dicha mayor, la verdadera riqueza, el descanso de todos los trabajos y afanes. ¡Bienaventurados los que mueren así!
jueves, 22 de enero de 2009
CRISTO HACE LA DIFERENCIA
Tanto en lo que respecta al vivir como al morir, lo único que hace la diferencia es Cristo. Tener a Cristo o no tenerlo. Pese a la gran variedad de factores que hacen diferente el vivir en la tierra, el relacionarse entre las personas, sus características, cultura, raza o clase, todos los seres humanos tienen el mismo rasgo esencial: todos están en igualdad de condiciones delante de Dios: todos están destituidos de su gloria, enemistados con él, alejados de él para siempre por sus pecados. La historia del hombre comienza a cambiar sólo cuando halla a Cristo, o cuando es hallado por él. El gran salto en la vida no es obtener un título universitario, ni recibir una gran herencia. No es contraer feliz matrimonio, ni tener muchos hijos. Aunque estas cosas forman parte del vivir dichoso en la tierra, no son el punto que hace la gran diferencia entre los hombres a la hora de vivir y de morir. Sólo Cristo hace la diferencia. Sin Cristo, una vida vivida al tope de la grandeza humana, es una miseria. Podrá tener visos dorados, y una apariencia gloriosa, Sin embargo, es toda desazón y sobresalto. Sin Cristo, una vida puede alzarse a las mayores alturas de la fama, de las riquezas, y de la honra, sin embargo es sólo un largo alarido entre dos silencios, una llamarada de ilusión entre dos abismos. Sin Cristo, la muerte es aún más dramática. Es pasar del alarido al fuego, y de la ilusión al horror. Una persona que muere sin Cristo está desnuda, porque no tiene nada con qué presentarse a Dios. Es pobre porque no tiene ninguna riqueza con qué enfrentar los siglos venideros. Es desdichada, pues no tiene ninguna perspectiva de gozo futuro. Toda la vida de vanidad, de todo el juego de apariencias que conforma la vida social, acaba con el postrer suspiro. Nada de lo que se estimó hasta ahora como sublime, soporta la mirada escrutadora de Dios. Todo es miseria, desnudez, y espanto. Sin embargo, cuán diferente es ser de Cristo a la hora de vivir. Aunque no sea lo que pudiera llamarse 'un camino de rosas', todo es diferente. Las riquezas no envanecen; la pobreza no duele. Los pequeños bienes otorgados por Dios son un tesoro mayor; las pequeñas dichas humanas, llenan el corazón de felicidad. La razón de este 'plus' es la presencia de Cristo. Su precioso Espíritu endulza las penas, y hace soportable el rigor de la vida. Su compañía permanente concede la fuerza, enjuga las lágrimas, y su paz, que excede todo entendimiento, pone la nota dulce en todas las tormentas. ¿Qué diremos del 'morir en Cristo'? Toda la luz del cielo destella para que el que parte; toda la consolación del cielo se despliega para los que quedan. El capítulo más triste de la historia de cierra (porque la vida humana, comparada con la celestial, es sólo un 'valle de lágrimas'), y comienza una nueva, mucho más dichosa. La verdadera vida, la vida eterna, sin trazas de debilidad y deshonra, comienza a ser vivida de verdad. Morir en Cristo es la dicha mayor, la verdadera riqueza, el descanso de todos los trabajos y afanes. ¡Bienaventurados los que mueren así!
martes, 30 de diciembre de 2008
Sobre la Roca
Sobre la Roca
La edificación de Dios tiene un solo fundamento, que es la revelación y la confesión de Jesús, como el Cristo el Hijo del Dios viviente.
Pablo escribe a los corintios: “Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento” (1ª Cor. 3:10). ¿Qué era ese fundamento del cual habla? Ciertamente, no era particular de Pablo ni lo había originado él; era algo que los apóstoles tenían en común. Debemos ir brevemente a los evangelios y a las palabras del Señor Jesús mismo para obtener la primera definición de ello. Cuando se dirige a Simón Pedro en Cesarea de Filipo, el Señor usa estas notables palabras: “Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mat.16:18).Lo que es la RocaEs importante comprender bien este pasaje, porque como veremos, realmente define el punto desde el cual, más tarde, Pablo a su vez comienza. ¿Qué daba a entender con ello Jesucristo? Tú eres Petros, una piedra –uno que ha de ser edificado con otros en la estructura básica de mi iglesia (ver Ef.2:20; Apoc. 21:19)– y sobre esta Roca edificaré. ¿Qué es, pues, la Iglesia? Es una estructura de piedras vivas fundadas sobre una roca. ¿Y qué es la roca? Es aquí donde debemos ser muy claros. Es una confesión basada en la revelación de una Persona.El Señor Jesús, a quien aparentemente no le importaba qué decían o pensaban los hombres acerca de él, de repente pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”. Luego, volviéndose de las opiniones y especulaciones de otros, da un paso más cerca y pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Su desafío produce espontáneamente la histórica confesión de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. De manera que es exacto decir que la Iglesia está edificada sobre una confesión, porque ‘decir’ es confesar, no simplemente lanzar una opinión. Más aún, no era una confesión vacía, tal como hoy se haría sobre la base de algún estudio, o deducción, o punto de vista. Como lo aclaró Jesús, la confesión de Pedro le fue dada por revelación. “No te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Y aun más, era una revelación del verdadero carácter y significado de Jesucristo, y no meramente de los hechos acerca de él – es decir, no simplemente de lo que los evangelios nos relatan que él hizo, sino de quién y qué es él. En cuanto a su persona, él es el Hijo del Dios viviente; en cuanto a su oficio y ministerio, él es el Cristo. Las palabras de Pedro contienen todo esto.El punto de partida de PabloEste doble descubrimiento había de ser más tarde, como ya hemos dicho, el punto de partida de Pablo. Leamos otra vez, por ejemplo, sus primeras palabras a los Romanos. El Cristo a quien él había perseguido, afirma el apóstol, ahora es “declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (Rom.1:4). Todo lo que Pablo escribe a las iglesias está fundado sobre esta revelación acerca de Jesús. Desde la eternidad hasta la eternidad él es el Hijo de Dios: esto es lo primero. Pero llegó el día cuando, tomando sobre sí la forma de un siervo, llegó a ser el Cristo, el Ungido, el Ministro de Dios. Todo el propósito de Dios, todas las esperanzas de Dios, están en ese Cristo resucitado. Él es el que ha sido separado y ungido como el firme fundamento de Dios.Pero si él es el fundamento, nosotros somos las piedras vivas. Reconocer a Cristo es reconocer también a todos los creyentes y el plan de Dios para el universo a través de ellos. Porque seremos de poca utilidad para Dios si conocemos sólo nuestra salvación, y no hemos vislumbrado el propósito para el cual Él nos ha vinculado a su Hijo. ¡Cuántos dicen tener la unción del Espíritu, y, con todo, parecen desconocer que el objeto porque el Espíritu ha sido dado a Cristo y a sus miembros es el mismo! Todo apunta a la misma finalidad divina. Descubrir esto es darnos cuenta de repente de la insignificancia de todo nuestro trabajo que en el pasado no se había relacionado con este fin.Aclaremos este hecho: la Iglesia no es simplemente una compañía de personas cuyos pecados han sido perdonados que van al cielo; es un grupo de personas cuyos ojos han sido abiertos por Dios para reconocer la persona y obra del Hijo. Esto es mucho más de lo que el hombre puede ver, conocer o palpar – y mucho más aún que las experiencias exteriores de aquellos discípulos que por tres años, como compañeros constantes de él, comieron, durmieron, caminaron y vivieron con él. Sin duda, aquello era una gran felicidad, y ¿cuántos de nosotros cambiaríamos gustosamente de lugar con Pedro aunque no fuera más que por unos días? Pero debemos decir que ni esa experiencia los unía a él como parte de la Iglesia. Sólo la revelación de Dios acerca de quién es Cristo pudo hacer eso por ti y por mí. La Roca es Cristo – sí, pero un Cristo revelado, no un Cristo teórico o doctrinal. Veinte años entre creyentes y una vida entera de profundizarnos en teología no nos edificará en su Iglesia. Es un conocimiento interior, no exterior, lo que produce esto. “Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).El conocimiento interior de Cristo“Nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre” (Lc.10:22). La carne y la sangre no pueden conocer este hombre a quien Dios ha establecido. Sin embargo, es imperioso que sea conocido, porque el fundamento de la Iglesia no es solamente Cristo, sino también el conocimiento de Cristo. Y el drama de muchos hoy, que están en las iglesias –las así llamadas iglesias–, es que no tienen este fundamento.Pero no es la teoría la que va a prevalecer contra el infierno; Jesucristo declara que esto lo hará su Iglesia. ¿Hemos olvidado quizá para qué fin estamos en el mundo? Visitando hogares occidentales he visto a menudo un hermoso plato de porcelana, no para uso en la mesa, sino colgado en la pared como adorno. Bien, me parece que muchos piensan así de la Iglesia, como algo que debe ser admirado por la perfección de su forma y diseño. Pero no, la Iglesia de Dios es para uso, no para decoración.Un conocimiento mental, la ilustración, el orden, pueden producir algo como una apariencia de vida cuando las condiciones son favorables pero, apenas las puertas del infierno nos embisten, muy pronto nos descubre cuál es nuestro verdadero estado. Muchos vieron a Jesucristo, le siguieron, tuvieron contacto con él y fueron sanados por Cristo, mas no le conocieron. Pero a uno de los que le siguieron fueron dichas estas palabras: “Sobre esta Roca edificaré”. Quizá nos consideramos tanto o un poquito mejores que Pedro. Él fue tentado y cayó. Sí, pero ¿no era él mejor en su caída que muchos que nunca caen? Él llegó a negar, pero pudo llorar. Porque Pedro conocía. Muchos no caen, pero tampoco conocen.En la hora de la prueba lo que vale es el conocimiento personal. No quiero decir que los hermanos no son de ayuda; pero lo que sólo se recibe como una enseñanza de boca en boca es de muy poca utilidad si no se acompaña de una revelación del cielo. No resistirá el fuego de la prueba. Por eso pienso que nuestra palabra china ‘Hsuin tao-choe’, ‘uno que ha muerto por una doctrina’ está mal, porque ¿quién muere por una doctrina? En un tiempo yo temía que un modernista llegara a probarme que la Biblia no era digna de confianza, ni tampoco los hechos históricos sobre los cuales estaba fundada mi fe. Si lo podía hacer –pensaba yo— terminaría con toda mi base de fe; y yo deseaba creer. Pero ahora tengo paz. Aunque los hombres puedan presentarnos tantos argumentos como estrellas hay en el cielo, no me hace la menor mella, porque ¡ahora yo sé! El conocimiento que recibimos de los hombres puede engañarnos. Aun lo excelente es imperfecto y, por bueno que sea, podríamos llegar a olvidarlo. Pero el Padre reveló a Pedro el Hijo, el Hijo a quien el Padre conocía. Esta revelación es el cristianismo. No hay iglesia sin ella. Yo, desde adentro, conozco a Jesús como el Hijo de Dios y como el Cristo – esto es la médula de todo. La respuesta de Jesús a Pedro no fue: Has contestado correctamente, sino: “¡Dios te lo ha revelado!”.La confesión de CristoDe manera que la Roca define los límites de la Iglesia. Estos se extienden dondequiera que una confesión tal se eleva a Dios del corazón – allí no más. Porque recordemos que lo de Pedro no era una confesión general; surgió de una revelación. Y tampoco de una revelación general, sino de una revelación acerca de un Hombre, el Hijo del Hombre. Nada da mayor satisfacción que una confesión tocante a él mismo. Jesús muy a menudo dijo Yo soy. Le agrada oírnos decir: ¡Tú eres!. Lo hacemos muy pocas veces. ¡Tú eres, Señor! – cuando las cosas van mal, y todo es confusión, no ores, sino confiesa que ¡Jesús es el Señor!. Hoy que el mundo está alborotado, levántate y proclama que Jesús es Rey de reyes, y Señor de señores. A él le agrada oírnos decir lo que sabemos. La Iglesia no está fundada sólo en la revelación, sino también en la confesión – sobre lo que hablamos de lo que sabemos de Dios. La Iglesia hoy día es la voz de Cristo aquí sobre la tierra.Si Dios no ha abierto nuestros ojos para que veamos que la muerte es el poder, el arma, de las puertas del infierno, no comprenderemos el valor de dar testimonio. Pero cuando de repente, en una circunstancia imprevista, nos sorprendemos de que la fe no da resultado y de que la oración no basta, aprenderemos la necesidad de proclamar a Cristo, y al hacerlo descubriremos que esto era lo que Dios estaba esperando: ¡Tú eres Señor!, ¡Tú eres vencedor!. ¡Tú eres Rey!. La mejor oración no dice: ‘Yo quiero’, sino ¡Tú eres!. Hablemos, entonces, por medio de la revelación que nos ha sido dada. En las reuniones de oración, en el Partimiento del Pan, a solas ante el Señor, en medio del mundo abrumador, o en la hora oscura de la necesidad, aprendamos a proclamar: ¡Tú eres!. Esta es la voz de la Iglesia, la voz de Dios sobre la tierra, la voz que, por sobre toda otra cosa, hace que el infierno se estremezca de terror.
Watchman Nee
viernes, 26 de diciembre de 2008
La importancia de leer la Biblia
La importancia de leer la Biblia. Todos los creyentes deben leer la Biblia porque "toda la Escritura es dada por el aliento de Dios,y útil para enseñar, para redarguir, para corregir, para instruir en justicia"(2 Ti 3:16)
La Biblia, la Palabra de Dios, nos muestra las muchas cosas que Dios ha hecho por nosotros y la forma cómo Él ha guiado a los hombres en el pasado. Si queremos conocer las riquezas y la vastedad de la provisión de Dios para nosotros y si queremos conocer lo que Dios quiere de los hombres paso por paso, debemos leer la Biblia.Las palabras que Dios dirige al hombre en la actualidad se basan en lo que Él ya dijo. Él raras veces dice lo que no haya expresado en la Biblia. Aunque una persona haya caminado mucho en su caminar espiritual, la revelación que reciba de Dios se basará en lo que Él hizo constar en laBiblia. Por lo tanto, lo que Dios enuncia hoy es simplemente una repetición de Su Palabra. Es muy difícil que una persona reciba la revelación de Dios si desconoce lo que Dios ha dicho en el pasado. Más aun, si Dios desea hablar por medio de nosotros, Él lo hará basándose en lo que Él expresó antes; pero si no sabemos lo que Él ha dicho, no le podremos servir, porque Él no puede expresarse en nosotros. Esta es la razón por la cual necesitamos que la Palabra de Dios more en nosotros ricamente, ya que así conoceremos la manera en que Él ha hablado en el pasado y oiremos lo que habla hoy, y lo transmitiremos a otros.La Biblia es un gran libro, una obra monumental. En el transcurso de nuestra vida sólo llegamos a tocar una pequeña parte de sus riquezas. Es imposible que una persona la entienda si no dedica un tiempo prudencial para estudiarla. Los creyentes jóvenes deben laborar en laPalabra de Dios para que cuando crezcan puedan recibir la nutrición que ella proporciona para abastecer a otros con las riquezas que ella contiene. Todo aquel que quiera conocer a Dios debe estudiarSu Palabra con seriedad; todos los creyentes deben comprender la importancia de leer la Biblia desde el comienzo de su vida cristiana. Tener un estudio intenso durante un tiempo designado. El primer modo de leer la Biblia, hecho con oración y meditación en la Palabra,se debe practicar continuamente por toda la vida. El segundo modo, en el cual se hace una lectura general y cierto tipo de estudio, puede empezar después de seis meses, al haberse familiarizado con la Palabra.Todo creyente debe tener un plan definido para estudiar la Biblia, y si uno puede dedicar media hora o una hora, desarrolle dicho plan y acomódelo a su horario. La manera menos provechosa de leer la Biblia es basarse en la "inspiración", o sea, el tener una lectura no planeada u ocasional y que comienza en la página que a uno se le ocurra en el momento; en ocasiones uno lee con avidez durante diez días. Este no es un buen método y no debemos adoptarlo. Cada uno debe tener un plan específico de lectura y ser disciplinado y estricto en seguirlo."Una persona que lee la Biblia eficazmente es, sin duda, cuidadosa ante Dios".
La Biblia, la Palabra de Dios, nos muestra las muchas cosas que Dios ha hecho por nosotros y la forma cómo Él ha guiado a los hombres en el pasado. Si queremos conocer las riquezas y la vastedad de la provisión de Dios para nosotros y si queremos conocer lo que Dios quiere de los hombres paso por paso, debemos leer la Biblia.Las palabras que Dios dirige al hombre en la actualidad se basan en lo que Él ya dijo. Él raras veces dice lo que no haya expresado en la Biblia. Aunque una persona haya caminado mucho en su caminar espiritual, la revelación que reciba de Dios se basará en lo que Él hizo constar en laBiblia. Por lo tanto, lo que Dios enuncia hoy es simplemente una repetición de Su Palabra. Es muy difícil que una persona reciba la revelación de Dios si desconoce lo que Dios ha dicho en el pasado. Más aun, si Dios desea hablar por medio de nosotros, Él lo hará basándose en lo que Él expresó antes; pero si no sabemos lo que Él ha dicho, no le podremos servir, porque Él no puede expresarse en nosotros. Esta es la razón por la cual necesitamos que la Palabra de Dios more en nosotros ricamente, ya que así conoceremos la manera en que Él ha hablado en el pasado y oiremos lo que habla hoy, y lo transmitiremos a otros.La Biblia es un gran libro, una obra monumental. En el transcurso de nuestra vida sólo llegamos a tocar una pequeña parte de sus riquezas. Es imposible que una persona la entienda si no dedica un tiempo prudencial para estudiarla. Los creyentes jóvenes deben laborar en laPalabra de Dios para que cuando crezcan puedan recibir la nutrición que ella proporciona para abastecer a otros con las riquezas que ella contiene. Todo aquel que quiera conocer a Dios debe estudiarSu Palabra con seriedad; todos los creyentes deben comprender la importancia de leer la Biblia desde el comienzo de su vida cristiana. Tener un estudio intenso durante un tiempo designado. El primer modo de leer la Biblia, hecho con oración y meditación en la Palabra,se debe practicar continuamente por toda la vida. El segundo modo, en el cual se hace una lectura general y cierto tipo de estudio, puede empezar después de seis meses, al haberse familiarizado con la Palabra.Todo creyente debe tener un plan definido para estudiar la Biblia, y si uno puede dedicar media hora o una hora, desarrolle dicho plan y acomódelo a su horario. La manera menos provechosa de leer la Biblia es basarse en la "inspiración", o sea, el tener una lectura no planeada u ocasional y que comienza en la página que a uno se le ocurra en el momento; en ocasiones uno lee con avidez durante diez días. Este no es un buen método y no debemos adoptarlo. Cada uno debe tener un plan específico de lectura y ser disciplinado y estricto en seguirlo."Una persona que lee la Biblia eficazmente es, sin duda, cuidadosa ante Dios".
Watchman Nee
jueves, 25 de diciembre de 2008
La vida cristiana tiene altos y bajos
Filipenses 4:12 Efesios 4:9-10
En nuestra vida cristiana, experimentamos días y noches. Según el primer capítulo de Génesis, la noche se menciona antes que el día. Cuando Pablo estaba humillado, pasaba por una noche, y cuando tenía abundancia, experimentaba el día. Tal como el día viene después de la noche, así la noche viene después del día. Para Pablo, el día de la abundancia vino después de la noche de la humillación. Sin embargo, él sabía que después de ese día vendría otra noche. No podemos cambiar el principio que Dios estableció en el universo. En el universo vemos que hay noche y día, y también día y noche.
La vida cristiana no permanece siempre en el mismo nivel; por el contrario, tiene muchos altibajos. Así que es normal tener altibajos. De hecho, es anormal que nos mantengamos siempre en el mismo nivel sin pasar por altibajos. Sería como si sólo disfrutáramos de días y nunca tuviéramos noches. ¿Quién de entre nosotros puede afirmar que ha tenido un día espiritual de doscientas horas? Yo nunca he tenido días así; experimento noches así como días, momentos elevados así como momentos bajos. Sin embargo, nuestra cuenta debe mantenerse en equilibrio, es decir, que los momentos altos deben igualar a los bajos, de la misma manera que los débitos deben ser iguales a los créditos. Si mantenemos tal equilibrio en nuestra experiencia, seremos cristianos normales.
El Señor lo dispone todo en Su soberanía; Él sabe que necesitamos altibajos a fin de experimentar a Cristo. Le doy gracias al Señor por todos los valles por los que me ha hecho pasar. Pero puedo testificar que además de los valles, también he experimentado colinas. La vida cristiana no es una gran llanura; más bien, es una tierra de vegas y montes. Gracias a estos numerosos montes y valles, podemos experimentar a Cristo.
Además que los jóvenes, no sueñen con una vida totalmente nivelada y plana. Al contrario, se encontrarán con muchos valles y montes. Tendrán que afrontar toda clase de situaciones, pero en medio de ellas, podrán aplicar a Cristo como su secreto y experimentarlo.
Es crucial que aprendamos a aplicar a Cristo.
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La vida cristiana no permanece siempre en el mismo nivel; por el contrario, tiene muchos altibajos. Así que es normal tener altibajos. De hecho, es anormal que nos mantengamos siempre en el mismo nivel sin pasar por altibajos. Sería como si sólo disfrutáramos de días y nunca tuviéramos noches. ¿Quién de entre nosotros puede afirmar que ha tenido un día espiritual de doscientas horas? Yo nunca he tenido días así; experimento noches así como días, momentos elevados así como momentos bajos. Sin embargo, nuestra cuenta debe mantenerse en equilibrio, es decir, que los momentos altos deben igualar a los bajos, de la misma manera que los débitos deben ser iguales a los créditos. Si mantenemos tal equilibrio en nuestra experiencia, seremos cristianos normales.
El Señor lo dispone todo en Su soberanía; Él sabe que necesitamos altibajos a fin de experimentar a Cristo. Le doy gracias al Señor por todos los valles por los que me ha hecho pasar. Pero puedo testificar que además de los valles, también he experimentado colinas. La vida cristiana no es una gran llanura; más bien, es una tierra de vegas y montes. Gracias a estos numerosos montes y valles, podemos experimentar a Cristo.
Además que los jóvenes, no sueñen con una vida totalmente nivelada y plana. Al contrario, se encontrarán con muchos valles y montes. Tendrán que afrontar toda clase de situaciones, pero en medio de ellas, podrán aplicar a Cristo como su secreto y experimentarlo.
Es crucial que aprendamos a aplicar a Cristo.
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BIENVENIDO A MI BLOG
El proposito de este blog es tener un espacio para todos aquellos que tenemos la misma fe en Cristo Jesus, ser edificados en amor y en unidad derribando toda division o pared que separe a los genuinos hijos de Dios.
Todo aporte es bienvenido, la critica por supuesto que tambien siempre que se enmarque dentro de la edificacion.
Son todos bienvenidos.
¡Jesus es el Señor!
Todo aporte es bienvenido, la critica por supuesto que tambien siempre que se enmarque dentro de la edificacion.
Son todos bienvenidos.
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